EL PÁJARO QUE TENÍA MIEDO DE LA NAVIDAD
Érase una vez, en un pequeño pueblo cubierto de nieve, un pequeño pajarito llamado Neuet que no era como los demás. Mientras todos los pájaros celebraban la llegada del invierno volando de árbol en árbol y cantando villancicos, Neuet se escondía dentro de una grieta de un viejo campanario.
—No me gusta la Navidad —pensaba—. Hay demasiado ruido, demasiadas luces… y yo sólo quiero tranquilidad.
Una noche fría, mientras la luna iluminaba los tejados blancos, Neuet sintió un llanto dulce y tembloroso. Provenía de la calle. Miró con cuidado y vio a una pequeña estrella de papel que se había despegado de un balcón y temblaba de frío en el suelo.
—¿Por qué lloras? —susurró el pajarito.
—Porque me he perdido —dijo la estrella—. Todos celebran la Navidad, pero yo estoy sola.
Neuet, a pesar de su miedo, decidió ayudarle. Con mucho cuidado, cogió la estrella con el pico y voló hasta el balcón del que había caído. Cuando la colgó de nuevo, el piso se llenó de luz, risas y un calor que Neuet nunca había sentido antes.
Aquella noche, por primera vez, el pajarito entendió que la Navidad no era ruido, sino compartir. Y desde entonces, cada año, vuela por el pueblo ayudando a otras pequeñas luces perdidas a volver a su sitio.
Y así, Neuet descubrió que incluso los corazones más miedosos pueden brillar en Navidad.
LA GALLETA QUE NO QUERÍA SER COMIDA
En una cocina llena de olores dulces y canciones de Navidad, vivía una galleta de jengibre muy especial. Se llamaba Canela y, a diferencia de las otras galletas, no quería ser comida.
—Yo quiero durar para siempre —decía tristemente mientras veía cómo una a una sus compañeras desaparecían en vasos de leche y bocas sonrientes.
Cada tarde, los caramelos brillantes le contaban historias de cómo eran queridos por los niños, y los turrones le hablaban de los abrazos que provocaban. Pero Canela sólo pensaba en su gran temor: desaparecer.
Una noche de Navidad, una niña entró en la cocina muy callada. Tenía los ojos llenos de tristeza. Vio la galleta sola sobre el plato y la cogió con mucho cuidado.
—Hoy estoy triste —dijo—. Mi abuelo está enfermo y no he podido verle.
En lugar de comérsela, la niña colocó la galleta dentro de una caja pequeña y la llevó al hospital como regalo. Cuando el abuelo abrió la caja y vio la galleta con un lazo rojo, le apareció una enorme sonrisa.
Aquella fue la Navidad más feliz de Canela. No sólo no había desaparecido, sino que había traído alegría. Y entendió que no importa cuánto dure algo, sino lo que hace sentir mientras está presente.
Y así, la galleta que no quería ser comida encontró su verdadero propósito.


