La ratita presumida

Hoy, el tercer día de cuentos versionados os proponemos:

Cuento tradicional: La ratita presumida

Érase una vez una ratita muy presumida que barría la escalera a primera hora de la mañana, y un día, mientras barría, barría, se encontró una moneda. –¿Qué puedo hacer con este dinerito? –se preguntó la ratita–. Si me compro almendras, ¡quizás se me caigan los dientes! Finalmente, como era tan presumida, decidió comprarse un lazo para la cola.

Al día siguiente, la ratita salió a barrer la escalera, como hacía cada mañana, pero aquel día estaba radiante con su lazo, y todo el mundo que la veía pensaba lo preciosa que estaba. Al cabo de un rato, por delante de su casa, empezaron a desfilar sus pretendientes.

El primero en pasar fue el burro, y al verla tan bonita le dijo: –Ratita, ratita, tú que eres tan bonita… yo que soy un buen mozo, ¿no te querrías casar conmigo? La ratita le contestó: para poder casarme contigo, ¡tu voz primero tengo que oírla! El burro rebuznó: ¡Iaaa, iaaa, iaaa, iaaa…! Y la ratita, asustada, le dijo: con esa voz ensordecedora no me quiero casar contigo. Y el burro se marchó triste, muy triste.

Unos minutos más tarde pasó el pato y le dijo: –Ratita, ratita, tú que eres tan bonita… yo que soy un buen mozo, ¿no te querrías casar conmigo? La ratita le contestó: para poder casarme contigo, ¡tu voz primero tengo que oírla! El pato hizo: ¡Cuac, cuac, cuac, cuac…! Y la ratita, estremecida, le dijo: con esa voz tan fuerte no me quiero casar contigo. Y el pato se marchó triste, muy triste.

Más tarde pasó el perro y dijo: –Ratita, ratita, tú que eres tan bonita… yo que soy un buen mozo, ¿no te querrías casar conmigo? La ratita le contestó: para poder casarme contigo, ¡tu voz primero tengo que oírla! El perro ladró: ¡Bup, bup, bup, bup…! Y la ratita, tapándose las orejas, le dijo: con esa voz tan ruidosa no me quiero casar contigo. Y el perro se marchó triste, muy triste.

Instantes después pasó el gallo y le dijo a la ratita: –Ratita, ratita, tú que eres tan bonita… yo que soy un buen mozo, ¿no te querrías casar conmigo? La ratita le contestó: para poder casarme contigo, ¡tu voz primero tengo que oírla! El gallo hizo: ¡Qui-qui-ri-quí, qui-qui-ri-quí…! Y la ratita, espantada, le dijo: con esa voz tan estridente no me quiero casar contigo. Y el gallo se marchó triste, muy triste.

La ratita empezó a ponerse nerviosa al ver que nadie era lo bastante buen pretendiente para ella, pero pronto pasó por allí el gato que dijo: –Ratita, ratita, tú que eres tan bonita… yo que soy un buen mozo, ¿no te querrías casar conmigo? La ratita le contestó: para poder casarme contigo, ¡tu voz primero tengo que oírla! El gato maulló: ¡Miau, miau, miau…! La ratita no podía creerlo. Aquella voz tan dulce y melosa le llegó al corazón, y dijo: con esa voz tan… tan bonita sí que me quiero casar contigo.

El gato y la ratita se casaron. Todo el mundo advirtió a la ratita sobre las intenciones del gato, pero ella solo recordaba su voz y lo enamorada que estaba. Un día, cuando la ratita estaba distraída, el gato se acercó por detrás y, sin que ella pudiera darse cuenta, le dio un mordisco y se la comió. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

 

Cuento versionado: La ratita trabajadora

Había una vez una rata muy trabajadora que tenía una hija, una ratita muy presumida. Solo le gustaba pasar el día estirándose los bigotes y tomando el sol para estar bien bronceada. Un día, la madre rata, mientras volvía del trabajo, encontró en el suelo un objeto muy brillante y redondo. ¡Era una moneda de oro! Con ella podría hacer tantas cosas… Pero como quería muchísimo a su ratita pequeña, decidió dársela a ella: –Ratita, esta moneda es para ti. Con ella podrás comprar lo que desees para convertirte en una ratita de provecho –le dijo la madre.

Cuando la ratita presumida recibió aquella moneda, fue al mercado del pueblo de inmediato y, en lugar de invertir el dinero en un buen negocio, se compró la mejor cinta del mercado para hacerse un lazo, que se colocó en la cola. –¡Mira qué elegante estoy! Con este lazo todo el mundo me admirará –pensó la ratita.

De camino a casa, la ratita se cruzó con el gallo, que le dijo: –Esto es justo lo que estaba buscando, un poco de elegancia para mi granja. ¿Quieres trabajar conmigo? La ratita preguntó: –¿Tendré que madrugar mucho? Cuando el gallo le explicó cómo funcionaba la granja, la ratita dijo: –¡Ni hablar! No me gusta madrugar.

Después se encontró con un perro cazador, que pensó que sería buena compañera para las cacerías. La ratita le preguntó: –¿Tendré que correr por el campo persiguiendo conejos? ¡Qué agotador! ¡Ni hablar!

Más tarde apareció un precioso gato blanco. La ratita le explicó que buscaba trabajo y se ofreció a ayudarlo. El gato le dijo: –Claro que sí, ratita. La ratita preguntó: –¿Tu trabajo no será tan agotador como el del perro cazador? El gato respondió: –No, yo prefiero estar tumbado y que me hagan caricias. La ratita se entusiasmó.

Pero cuando la ratita preguntó a qué se dedicaba exactamente el gato, este se lanzó sobre ella y dijo: –¡A cazar ratones como tú! Justo entonces llegó el perro cazador y espantó al gato, salvando a la ratita.

Al volver a casa, su madre le dijo: –Todo esto te ha pasado por ser tan cómoda y presumida. Para conseguir algo hace falta esfuerzo y constancia. La ratita entendió la lección.

Diversas propuestas que os ofrecemos: