Cuentos

Después del éxito de la última publicación de cuentos para ir a dormir, os traemos una segunda parte de cuentos con dos nuevos cuentos para vuestros pequeños. También podéis echar un vistazo a los cuentos de la primera parte haciendo clic aquí.

EL CONEJO QUE GUARDABA SUEÑOS

Había una vez, en un bosque muy verde, un pequeño conejo llamado Bastó que no era como los demás. Mientras todos corrían de un lado a otro buscando zanahorias o jugando al escondite entre los árboles, Bastó prefería quedarse quieto, soñando despierto.

Una noche, mientras miraba la luna brillar sobre el claro del bosque, escuchó un ruido suave cerca del tronco del viejo roble. Era una ardilla muy cansada que no podía dormir porque había perdido su sueño.

—¿Cómo se pierde un sueño? —preguntó Bastó sorprendido.

—A veces —dijo la ardilla—, si uno está muy nervioso o preocupado, los sueños se van volando solos y no vuelven.

Bastó, curioso como siempre, decidió ayudar a la ardilla. Caminó por el bosque preguntando a todos los animales si habían visto un sueño perdido. Nadie lo había visto.

Al día siguiente, bajo un cielo lleno de nubes blancas, Bastó encontró algo extraño: una pequeña caja brillante escondida entre las raíces de un árbol caído. Al abrirla, vio que dentro había miles de pequeñas luces danzando como estrellas.

—¡Son sueños! —exclamó emocionado.

Cada luz representaba un sueño diferente: uno olía a flores, otro sonaba a risas, otro parecía hecho de colores. Bastó tomó el más pequeño y se lo dio a la ardilla, quien al instante se quedó dormida feliz.

Desde ese día, Bastó supo que tenía un don especial: podía encontrar y guardar sueños. Así que cada noche, recorría el bosque ayudando a los animales que no podían dormir, devolviéndoles sus sueños o dándoles uno nuevo.

Y así, Bastó dejó de sentirse extraño. Ahora sabía que ser diferente no era un problema, sino un regalo.

LA MANZANA QUE QUERÍA SER ESTRELLA

Había una vez una manzana que quería ser estrella. Esta manzana nunca quería ser una manzana, se pasaba todos los días pensando cómo sería su vida brillando en el cielo como una estrella.

Cada mañana, sus compañeras, las manzanas del manzano, la invitaban a jugar y a compartir historias divertidas. Pero ella solo podía pensar en lo divertido que sería ser una estrella y nunca quería jugar con ellas.

Un buen día, viendo a los pájaros cómo volaban por el cielo, la manzana decidió preguntar a los pájaros: ¿Dónde duermen de día las estrellas? Era una curiosidad que tenía y así lo podría resolver fácilmente.

Los pájaros, todos contentos, le respondieron: Querida manzana, las estrellas están en el cielo tanto de día como de noche. Es la luz del sol la que no nos permite verlas durante el día, pero ellas siempre están presentes en el cielo infinito y siempre con luz y brillando.

Después de aquella respuesta de los pájaros, la manzana aún deseaba más ser una estrella cargada de luz inagotable.

Al día siguiente se levantó un viento muy fuerte que movía todas las ramas del manzano con fuerza de un lado a otro y la manzana, toda curiosa, le preguntó al viento: ¿Las estrellas están fijas en un lugar o viajan como tú? Y el viento, muy amable, le contestó: Las estrellas se desplazan y recorren todo el firmamento a una velocidad de vértigo.

Después de aquella respuesta del viento, la manzana aún deseaba más que nunca ser una bella estrella en el firmamento.

Llegó la época de maduración y la manzana seguía muy triste, su sueño no se había hecho realidad. Estaba tan triste que no era capaz de sonreír en ningún momento. La manzana no era nada feliz.

Un buen día, una familia que paseaba vio que en aquel manzano podían sentarse bajo él para protegerse del sol y así estar fresquitos mientras se comían un helado todos juntos. Y mientras la familia iba hablando y contándose cosas, el padre sacudió con fuerza el tronco del árbol haciendo caer algunas manzanas ya maduras, entre ellas la triste manzana que quería ser una estrella.

La niña cogió enseguida la manzana y comprobó que estuviera madura y le pidió a su madre un cuchillo.

La madre le dijo: – Cuidado, que no te cortes – Y le dio uno bien afilado.

La niña cortó la manzana con mucho cuidado, y lo hizo, no del tallo al hoyito, sino de forma horizontal y enseguida le apareció una sonrisa en su cara, se quedó maravillada al ver la estrella de cinco puntas que la manzana tenía en su corazón. Y, sorprendida, la mostró a su familia su gran descubrimiento: Mirad, mirad, qué maravilla. Dentro de esta manzana hay una estrella.

La manzana había vivido toda una vida triste, sin querer jugar ni divertirse y no se había dado cuenta nunca de que dentro de sí guardaba una bella estrella y que, para mostrarla solo tenía que abrirse y brindarse a los demás