Llorar

Cuando un niño llora es muy habitual decirle «no llores, no pasa nada…» y a continuación se intenta distraer al niño con cualquier cosa para que deje de llorar.

La intención es buena, y muchas veces se hace sin pensar, pero el resultado de esto consideramos que no es beneficioso para los niños, ya que a través de estas palabras y de nuestros actos estamos consiguiendo que el niño piense que al adulto (sea quien sea) no le gusta que llore y exprese sus emociones. En consecuencia, le estamos dando a entender que cuando algo le incomoda y llora, siente que está haciendo algo que no está bien.

Muchas veces los niños se expresan a través del llanto porque no saben encontrar las palabras ni expresar lo que sienten en ese momento, y su manera de hacerlo es gritando o llorando.

Como adultos, ¿debemos negar el llanto para evitar las emociones incómodas?

Normalmente, como seres humanos buscamos lo que es agradable y evitamos lo que es desagradable. Por esta razón, desde pequeños nos enseñan a rechazar las emociones incómodas que solemos expresar llorando. Sin embargo, vivimos en una sociedad que idolatra el ideal de la felicidad perpetua y rechaza las emociones incómodas y la vulnerabilidad. No está bien visto estar triste, ni enfadado, ni llorar.

Por todo ello, nosotros como adultos tendemos a negar, ignorar y ocultar nuestras emociones más incómodas, las que nos hacen sentir más vulnerables. No obstante, lo peor es que hacemos lo mismo con las emociones difíciles de nuestros niños. En lugar de ayudarles a aceptarlas o afrontarlas, les enseñamos que deben reprimirlas.

No podemos transmitir a los niños el mensaje de que siempre deben estar felices y contentos. Si cuando un niño llora para expresar su malestar y nosotros como adultos cortamos su llanto, el niño puede asumir que no debe sentirse así y, por tanto, cuando se sienta mal por algo, tenderá a reprimir la expresión de su emoción porque no está bien visto mostrarla en público. En cambio, si permitimos a los niños llorar para expresar su vulnerabilidad y sus emociones incómodas, a medida que crezcan aprenderán a gestionarlas mejor y desarrollarán nuevas estrategias para expresarlas e integrarlas. No podemos gestionar aquello que reprimimos.

Y es que nos gustaría que el mundo fuera de color de rosa, pero no es así. Las emociones incómodas son una parte inevitable de la vida, van en el mismo paquete que las agradables. La vida nos regalará momentos dulces y bonitos, pero también nos hará saborear la pérdida, la enfermedad, la vejez y la muerte.

«No me digas no pasa nada, no me digas no llores. Acabo de caerme, estoy asustado y me he hecho daño.»

Cógeme de la mano, ayúdame a levantarme, abrázame, dame un beso y dime que no pasa nada porque llore, que es normal, que me he caído y me he hecho daño. Dime que muchas veces nos caemos y que a veces es inevitable, pero que así aprendemos, nos volvemos a levantar e intentamos de nuevo. Pero que no me preocupe, que cuando me caiga y me haga daño siempre estarás ahí para ayudarme a levantarme.

Todos necesitamos, no solo cuando somos pequeños, sentirnos queridos, comprendidos, escuchados y ayudados, y cuando estás asustado o te has hecho daño un «no pasa nada» no es suficiente.

Por tanto, evitemos expresiones como «no llores, no pasa nada», «no llores, tienes que ser fuerte», «no pasa nada», «ya se te pasará, no es para tanto», «ya no tienes edad para llorar»… y utilicemos más «sé que es un momento difícil para ti», «no está mal estar triste», «llorar es de valientes», «te ayudaré en todo lo que necesites», «estaré a tu lado hasta que te sientas mejor»